Ficción, Música

Tabla Ouija

 

Sin título

“Ouija Board, Ouija Board would you help me…” La voz de Morrissey lo despertó, eran las cinco y media de la mañana. Pensó en qué harían sus vecinos escuchando a Moz a esa hora y a ese volumen hasta que, un poco más despierto, notó que se había quedado dormido con la compu prendida. Su lista de Itunes estaba reproduciendo todo lo correspondiente a la letra “M” gracias a su orden alfabético. Reflexionó un rato acerca de la arbitrariedad de ese orden que podía pegar en una escucha a Bartok con Bananarama, a los Beatles con Beethoven, a Purcell con Pink Floyd. Concluyó que si bien este orden es bastante útil, tal vez más tarde intentaría agrupar su basta discoteca digital de alguna otra forma.

 

“S.T.E.V.E.N…” ese deletreo al final de la canción de Morrissey lo devolvió a la realidad. Estaba sentado en su cama, a oscuras, vestido, escuchando una canción sobre espíritus. Un relámpago echó luz a su habitación por un instante. Recordó su propia experiencia con una tabla Ouija. Tenía 16 años y sus padres no estaban en casa, invitó a sus amigos y pasaron la noche escuchando música y saqueando el bar doméstico en cantidades moderadas para evitar que su padre notara la falta de alguna bebida, sólo sacaban un poco de cada botella. Licores de chocolate, de menta, de huevo, anís, vodka, 2 o 3 whiskys de distintas marcas y años de barril, un gin.

 

Fue Carlos quién le preguntó si no tenía una Ouija, él lo miró sorprendido “no”, dijo sin atinar a más. Carlos no se desanimó, tomó el cuaderno de matemáticas del escritorio de su anfitrión y comenzó a escribir el alfabeto completo dejando dos cuadraditos entre letra y letra, separó las letras cortando el papel con una regla y las ubicó en círculo sobre la mesa. Tomó un vaso limpio del bar y les pidió a todos que se acercaran. Sus amigos, entre nerviosos y entusiasmados, pusieron cada uno un dedo sobre el vaso. Se vio haciendo lo mismo, la situación no le dejaba opción.

 

¿Cuántos años habían pasado de aquello? No quería hacer cuentas pero apenas podía entender como ese suceso al que no le dio importancia en su momento todavía lo persiguiera. El espíritu que acudió esa noche no había quedado en su casa, como amenazaba la leyenda, se había alojado en su interior. Lo guardaba en lo más profundo, ahí donde anidan las preguntas sin responder de la infancia. Como el destino de su amiga. ¿Qué había pasado con Rosa? Nunca supo si la intención final de Carlos había sido la de intentar contactarla y así responder ese misterio que los había silenciado desde niños.

 

Rosa era la más callada y aplicada de la clase, la favorita de los profes. Nadie se hubiera imaginado que podría escaparse de su casa y aparecer muerta en el páramo por accidente (como les habían dicho). Nadie contestó cuando preguntó a las maestras y a sus propios padres si la renuncia y mudanza del director del colegio tenían algo que ver con la suerte que había corrido Rosa. El barrio entero estaba trastocado, aunque les dijeran que nada pasaba, que fue un accidente, que Rosa tuvo mala estrella, lo cierto es que durante todo ese año nunca estuvieron solos en la calle, se turnaban entre vecinos para llevarlos o buscarlos del colegio, todos los adultos se ponían nerviosos si alguno de sus amigos se escapaba al kiosco con el vuelto del almuerzo.

 

La pregunta por Rosa volvió con toda su intensidad reprimida en esa mañana de tormenta. Se estremeció. Gotas de sudor frío en la frente y un vacío en el estómago. Él nunca soportó la incertidumbre y ese conocimiento de si mismo le hizo saber que no podría volver a dormir. Conjeturó si esa duda enterrada en su corazón lo habría llevado a ser escritor. Luego de una ducha y un café probaría suerte en la biblioteca del Congreso. Tal vez los diarios de la época le dieran alguna pista sobre aquello que le había pasado a la niña. Tal vez así sosegaría su espíritu.

 

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Música

La Tierra De Los Sueños

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Tengo la teoría de que la música llega cuando la necesitás. No importa si creciste con una banda sonando en la radio, tal vez nunca le prestaste demasiada atención hasta que algo te hizo sentido. Me pasó con Virus, con Soda/Cerati y con ellos. Los Beatles me ayudaron a atravesar la adolescencia. Morrissey y Marr me hicieron creer que el escribir podía ser algo más que cuadernos acumulados en cajones bajo llave. Tengo una lista llena de canciones para momentos difíciles, mi SOS playlist. Hace casi dos años mi vida se derrumbó por completo y ninguna de ellas me servía. Pasé meses sin música, un año de terapia y me di cuenta que tenía que reconstruirme de alguna manera, reinventarme para sobrevivir y tratar de ser lo mejor posible para los míos. Necesité música. Un poco por mi novio y otro poco por Johnny Marr, encaré una escucha integral de discografía en Spotify y descubrí la que desde entonces es la banda sonora de mi reconstrucción personal. Tenía que ser algo nuevo para mí y que al mismo tiempo conectara con mi infancia. Porque para mi generación Always On My Mind es un tema de ellos. La de Elvis es el cover (intenten escucharla sin extrañar los teclados). Tenía que ser lo suficientemente profunda para encontrarle sentido (porque la felicidad acrítica nunca fue lo mío), pegarla justo ahí donde flaquea New Order (que de todos modos es la otra gran banda que me acompaña en este proceso). Synth pop e historias. Buenas historias. ¿Y cómo no me voy a identificar con una que habla de citar canciones, yo que todo lo digo con música?
Afortunadamente, tengo mucho para escribir sobre Neil Tennant y Chris Lowe, mucho más de lo que abarca el BUE, Super o este comentario. This is my kind of music.
“La vida es mucho más simple cuando sos joven”. Necesitamos que el arte sea lo suficientemente fantástico para estimularte a imaginar otro mundo posible y lo suficientemente concreto para ayudarte a lidiar con la realidad. Eso son “Los Pibes”. El sábado a la noche fueron casi dos horas bailando A PESAR de que el mundo sea un lugar hostil. Casi como resistencia vital. Hay que bailar.

The Music will never fade away.

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Ficción, Música

Silencio

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¿Qué hacer?
¿Cómo decirle?
Sí. Quería dejarla, eso lo sabía, pero… ¿Cómo se lo diría a ella?
Decidió ir al departamento de su todavía novia para recoger las cosas que había desperdigado allí durante su breve relación. ¿Cuánto tiempo había pasado?
En el camino planeó llevarse sus cosas y dejarle las llaves al encargado, así evitaría ese incómodo momento de despedida y reproches.

Llegó al departamento, apoyó las llaves en la mesa del comedor y abrió su mochila. Comenzó a recoger aquellos objetos que delataban su existencia en ese espacio que no era el suyo. Un par de medias del tendedero, una camisa y dos remeras del segundo cajón del placard. Su cepillo de dientes y medio tubo de crema de afeitar del baño. Una de sus guitarras de la habitación y dos o tres libros de la mesa ratona. Solo le faltaban sus discos, pero decidió dejarlos. A ella le gustaban y él podía volver a comprarlos. Mientras le daba un último vistazo a la habitación, lo vio sobre la mesita de luz, impunemente abierto. Si bien él sabía de la existencia de ese diario íntimo, ella jamás se lo había mostrado. La tentación de saber qué habría escrito sobre él en esas páginas fue mucho más fuerte que su sentido de la ética. Lo tomó y comenzó a leer a partir de la última página escrita: “Esta mañana desperté en sus brazos y supe que eso es la felicidad. Amo todo de él. Es tan bello, su pelo suave y tupido, sus manos de dedos largos, sus ojos oscuros y profundos y esa sonrisa amplia y maravillosa que me hace tan feliz. Escribo esto para no extrañarlo tanto cuando no estoy con él. Lo amo y cada hora es eterna e inútil hasta que vuelvo a sus besos”.

Cerró el diario de un golpe y se sentó sobre la cama. Sintió como una ola de emociones lo golpeaba y lo dejaba ahí sentado y confundido. Primero sonrió con sorpresa, sabía que ella lo quería pero no imaginó que tanto. Se sintió alagado pero enseguida recordó porqué estaba ahí y sintió vergüenza de sus intenciones. Entonces llegó la angustia ¿qué hacer? ¿cómo decirle?

Decidió que no podía ser tan cobarde. Se puso de pie y se dirigió a la biblioteca, tomó un libro al azar y se sentó a leer para esperarla. Dos horas más tarde ella llegaría de trabajar. Abriría la puerta, lo vería ahí sentado y sonreiría feliz con la sorpresa.
Él no sonreiría.
Ella lo notaría serio y daría un vistazo al departamento que sería suficiente para notar que las cosas de su chico ya no estaban y que su mochila y guitarra estaban junto a la puerta de entrada.
Él observaría en silencio.
Ella se daría cuenta de lo que estaba pasando, cerraría los ojos y una lágrima correría por su mejilla.
Él suspiraría y ensayaría una explicación llena de vacíos, entrecortada, culpable e hiriente.
Ella lo escucharía en silencio.
Él tomaría sus cosas y se iría cerrando la puerta.
Ella se dejaría caer sobre la cama como preludio a una noche de llanto con esta canción en loop.

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Ficción, Música

Nightlife

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El trabajo en el estudio venía a un ritmo aceptable. Pasamos toda la tarde puliendo una canción que cualquier crítico de revista calificaría como dreampop. Es suave y melancólica. Juega con la suspensión del espacio-tiempo durante sus cinco minutos de existencia sonora. A esta altura sé muy bien que los vicios adquiridos durante mis años de editor no me abandonarán jamás. Tiendo a sobre-analizar todo lo que hacemos y suelo escribir en mi cabeza las posibles reseñas de nuestra obra. Para bien o para mal, rara vez me equivoco en lo que será la línea general de comentarios y preguntas relacionadas en las cada vez más repetitivas entrevistas que nos hacen. Esa es seguro la peor parte de esto. Mis pensamientos comenzaron a salir de mi boca sin que me diera cuenta, hasta que la voz de mi compañero me despabiló:

  • ¿Qué?
  • Emmm, nada… ¿Vamos a cenar?

Durante la cena discutimos qué dirección darle al nuevo disco, siempre trabajamos en dos líneas y según la predominante, vamos a un lado u otro, pero en este caso estamos empatados y, a la vez, esas líneas van paralelas y sería extraño forzarlas en una única dirección. En esto estábamos de acuerdo. Lo que no podíamos vislumbrar era qué haríamos entonces con cada recorrido posible. En otras épocas podría haber sido una cara para cada una: la A festiva, la B, melancólica. Algo como Bowie hizo con Low. Pero eso, ¿tenía sentido en la era digital?

Decidimos salir a caminar para despejarnos. La noche no era muy fría y siempre nos gustó disfrutar de la ciudad y su vida nocturna que se respira en las calles, más allá de que uno salga o no. Las confiterías están llenas, los bares de las esquinas acumulan gente, los autos pasan como un día de semana a hora pico, pero la gente está alegre en contraposición a los matutinos zombies que se desplazan por estas mismas calles a trabajar. Luego de deambular un rato sin un rumbo preestablecido, pasamos por un bar de karaoke, nos miramos y supimos que ese sería nuestro plan. Entramos y nos ubicamos en una mesa cerca de la puerta y, aunque lejos, de frente al escenario en el que una pareja se divertía haciendo un dúo. Ella pretendía ser Dusty más en actitud que en voz y él murmuraba sus líneas tratando de leer una pantalla con la letra que pasaba demasiado rápido. Al terminar, ella saluda como una diva de los 60, él se baja rápido mirando sus propios pies.

 

Una chica toma el micrófono mientras selecciona un hit de los 80, ella tiene el pelo largo y tanto maquillaje como Boy George en esa época. También tiene una voz lírica que disimula de a ratos en los graves. La sigue una de sus amigas que arrastra a otra del brazo, haciendo que tropiece con los escalones al escenario y termine contra las sillas de atrás. La borrachera que ya tienen todas no les da más margen que para reírse. Arranca un tema sobre chicas a las que les gustan los chicos que sean chicas y así. Lo cantan las tres a los gritos.

 

Apenas bajan del escenario como pueden, se sube otro trío, parecen hermanos, dos chicas y un chico que discuten un rato sobre qué cantar. Gana un hit del primer disco de una banda de Minnesota que dos de los hermanos cantan a dúo mientras la tercera hace una coreografía simulando tocar un violín. Luego, el chico se queda en el escenario y llama a sus amigos que suben con un porrón de cerveza cada uno, salvo uno de gorrita y pañuelo que trae dos. Le da uno al amigo que los convocó desde el estrado y los siete saltan cual hooligans con el micrófono en el medio. Reconocí la base del tema pero no hubo melodía posible a cargo de esa banda de forajidos, quienes se las arreglaron para convencer al encargado del lugar que los deje hacer un tema más antes de cerrar. Mi compañero seguía toda la escena riendo a carcajadas desde la impunidad que nos daba la penumbra de nuestra mesa. Apenas empezó la pista, nos miramos y decidimos tomar un último gin tonic en la barra para no perdernos el final del show. La versión de otro clásico de los 80 fue tan desastrosa como divertida.

Al salir, caminamos tarareando nosotros también:

  • If I can’t have you…
  • I don’t want nobody, baby…
  • If I can’t have you…
  • Woo oh oh oh wooh…
  • If I can’t have you…
  • ¡Tengo una idea! ¡Volvamos al estudio!

Sé que una vez allí grabamos algo, pero no recuerdo el proceso por culpa del alcohol. A la mañana siguiente, al escuchar ese track creado bajo la energía de una salida nocturna, resolvimos nuestros dilemas de la velada anterior y supimos que ese tema nos abriría un nuevo camino en nuestra carrera.

 

 

 

 

 

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Ficción, Música

Quiero un perro

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Llegó al estudio fuera de sí. Agitado, mirando para todos lados como si buscara algo que no existía más que en su ansiedad. Lo había visto muchas veces así, herido en su visión de lo que debemos ser y representar.  Últimamente, su paciencia estaba a punto de agotarse.

Estaba tan nervioso que no me dijo nada. Ni un “hola”. El vinilo que traía entre sus manos -porque lo sujetaba fuerte con ambas manos, como si pesara mucho más que los 180 gramos estándar-  se le cayó un par de veces antes que lograra ponerlo a girar en la bandeja. Creí que rompería todo, pero él es cuidadoso con las cosas aún en ese estado. Finalmente, puso el disco a andar y me miró por primera vez desde su llegada. Sus ojos buscaban respuestas en mí pero yo ignoraba las preguntas que tanto lo atormentaban. Sin decir nada, decidí esperar a que rompa su mutismo desesperado.

-Es el nuevo single. Lo escuché en la radio mientras me preparaba para venir, pasé a comprarlo… ¡Hijos de puta!

-¿Qué pasa…?

-¡Pasa que lo hicieron de nuevo! Siempre se nos adelantan así… dura más de 8 minutos y samplearon de todo, hasta ranas.

-¿Ranas?

-Sí, escuchá… ¿Qué vamos a hacer ahora?

 

Dejamos de habar y seguimos escuchando el tema con parcial atención. Él, sumido en una lucha interna contra lo inevitable. Yo, consciente de que debía calmarlo de alguna forma. Miré mis notas tratando de encontrar algo que pudiera contentarlo. Recordé que hacía unas semanas atrás había grabado los ladridos de mi perro. No pensaba usarlos, los grabé casi por un impulso ¿o fue intuición? Tomé una de las bases que venía bocetando y el sample de mi Yorkshire. Los surcos del vinilo se habían acabado y el brazo de la bandeja se suspendió en el aire. El silencio ahogaba a mi compañero. Se había quedado mirando fijamente la portada del single, buscando pistas. Me adelanté a su desesperación:

-Tengo una idea.

-¿En serio…?

-Sí y también quiero un té. A vos te vendría bien uno, ya que estamos.

-Bueno… ¿Preparo té para los dos?

-Sí, por favor, mientras yo armo esto.

 

Se dirigió cabizbajo y dubitativo a la cocina, preso de un silencio que era sólo físico. En su cabeza una catarata de preguntas y reproches lo volvían incapaz de pensar en algo útil. Eso lo enojaba aún más. Me concentré en mi trabajo.

Cuando volvió con la bandeja que contenía el juego de té, igual de silencioso y abrumado que cuando se retiró, me dediqué a mostrarle mi idea con tranquilidad. Escuchó con atención, poniéndole pausa a sus demonios y queriendo tomar de un trago el contenido de su taza, algo que la temperatura de la bebida le impidió hacer. Cuando terminé mi boceto me miró un largo rato. Bajó la vista despacio y sin decir palabra alguna tomó su libreta de notas. Lo esperé en silencio disfrutando mi té mientras él escribía.

-Ok, es algo. Veamos cómo queda todo junto.

Ensayó una letra sobre tener un perro que lo espere en casa y un estribillo que reflexiona sobre la soledad.  Quedó un demo algo crudo pero aceptable. Y aunque tuviera destino de lado B, él por fin se quedó tranquilo y me sonrió. Supe que estaba todo bien así que me animé a reírme de sus nervios, él rió también. Más relajados ya, volvimos a trabajar en ese cover que sería nuestro próximo single.

 

 

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Mr. Jones and me

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Soy de la generación de chicas que crecieron soñando con un Goblin King en lugar de un príncipe azul. Y así toda nuestra idea de masculinidad fue modificada, ablandada, desprejuiciada casi sin que nos diéramos cuenta.
Así conocí a Bowie, caracterizado como Jareth, aunque su música e imagen estuvieron siempre. Para los que nacimos en los 80, Bowie era parte de la naturaleza. Está el sol, el mar y está David Bowie.
Entonces no te das cuenta, simplemente lo vivís como parte de tu cultura. Tomás mate, comés pizza, hablas lunfardo e idolatrás a David Bowie en cualquiera de sus formas. Es algo dado.
Hasta que sos más grande y tomás cierta distancia y escuchas los discos (ya no los hits) y entendés la gran dimensión artística (no sólo musical) de este tipo.
Y un día, cuando ya o esperabas nada de él, sale un tema nuevo en su cumpleaños. Y mi generación es la más feliz del mundo por tener la chance de vivir contemporáneamente un disco de Bowie. Esperar The Next Day fue hermoso.
Y un par de años más tarde, la promesa de un nuevo disco en su próximo cumpleaños y un tema adelanto que es de otro mundo. Nos preparamos para esperar algo grande que finalmente llegó. Y festejamos.
Porque, como dijeron hoy Neil y Chris, todos somos hijos de Bowie. Y como dijo Leo, todos tenemos un recuerdo de infancia o juventud ligado a él. Como dijo Peter, jamás creímos que este día llegaría. Y como dijeron tantos otros, estamos devastados. Huérfanos.
Cuando vi el video de Lazarus dije que Bowie nos estaba enseñando a envejecer, pero era otra la lección. Como los tres crucificados del video de Blackstar, Bowie se le ríe a la muerte en la cara. Y así le gana, convirtiendo su vida entera en una obra de arte.

Requiescat In Pace, Ziggy, Duque, Jareth, Blackstar, David Bowie.

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Ficción

Este mundo tan poco sensual que no pudo aliviarme

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Fueron nuestras rodillas las que empezaron a rozarse. Tirados en el sillón, esperando, sin hablar y mirando la nada. Luego nuestras pantorrillas se juntaron, de a poco, hasta volcar el peso de una en la otra, mutuamente. Brazo contra brazo, escuchábamos nuestras respiraciones, nuestros pulsos. Antes de continuar en esa escena estúpida, me recosté y apoyé mi cabeza en su ombligo. Entonces lo noté, apenas, cerca de mi frente. Giré y comencé a acariciarlo. A él le gustó. Se desabrochó el cinturón, el botón del jean, metí mi mano en él. Lo ayudé a bajarlo, me arrodillé y justo cuando lo tuve tan cerca de mi boca, recordé quién era el idiota de su dueño. Apoyé mi mano en su rodilla para levantarme, tomé mis cosas y salí.

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Ficción, Relato en serie

Amor descartable

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1

Me comió la boca, el cuello, el resto. Nada de lo que percibí al verlo acercarse, un rato antes en El Living, me hizo pensar que pudiéramos terminar así.

Todo empezó durante una charla en la que hablábamos de evadirnos del mundo mediante las canciones. Mientras, en la pantalla, una chica rubia se pinta los labios frente al espejo de un baño que podría ser tranquilamente el del bar en el que nos encontramos ahora; por los parlantes, Jarvis canta eso de “Deborah, do you recall?”

En realidad, empezó antes. Sonaba Ziggy Stardust y yo fingía charlar con Cecilia, pero lo cierto es que cantaba y seguía cada uno de los movimientos del clip. Me recuerda a Morrissey, debería usarlo como ejemplo de lo que fue ver a Morrissey, ahí adelante, como los chicos del video, con los chicos del video, peleando por la vida, pero con un ídolo lejano, inalcanzable. Nada de mosh con Moz, nada de soñar con tenerlo enjaulado.

Él nos vio y caminó hacia nosotras para hablarnos, porque nos hablaba a las dos, pero era evidente que venía por mí. Decidió el momento justo, nos había observado por un rato, hasta que supo que yo podría ver en él algo de lo que me mostraba la pantalla. Aprovechar el parecido, acudir al recurso del sustituto, jugarla a ser el deseado, él el deseado. Engañarme, o ayudarme a que me crea el engaño. Mi propio cuento.

Yo me reí de él, de la situación, de la sonrisa entre nerviosa y divertida de mi amiga. Y decidí seguir su juego, se lo presenté a ella como “el guitarrista del video que pasó recién”, – ¡Wow! – ¡Un rockstar! ¡Acá! – ¡Vamos a comprar un trago!

2

Vuelvo en el 152, luego el 22 y un remis por 15 cuadras hasta la puerta de casa, en Quilmes. Fue raro saltearnos el desayuno, esas dos cuadras a las corridas hasta La Madelaine, escapando del frío matinal y de los borrachos, el ritual de esperar juntas el 152, cada una en su vereda, para su lado, que ambos lleguen al mismo tiempo y saludarnos con la mano antes de que nos tapen, antes de subir y dar por terminada la noche. Nuestras noches de chicas en las que rebotamos giles entre risas y nos cubrimos la espalda con miradas cómplices. Fue tan raro que decidiera saltar todos esos códigos y subir al taxi con él. Pero la entiendo, hace meses que está sola, que llora por los rincones, que intenta levantar la frente luego de que ese chico ideal que parecía amarla más que a nada en el mundo la dejara por otra. Por una que no vale la pena, pero así son los hombres. Aún él es así. Es más, si él es así, lo son todos, ya no tengo dudas de eso. No la culpo, una noche con un viejo… todas pasamos por ahí. El yanqui tiene guita, seguro la están pasando bien. Los yanquis vienen a pasar una temporada tentados por el cuento de la carne argentina. Un mito, como todo. Pero quieren probar, piensan que pueden comprar cualquier cosa con sus credit cards. Seguro que nunca agarró una guitarra en su vida, pero dijo que era músico y ella decidió creerle. Comprendo que haya querido comerse ese buzón, a ella le gustan los músicos, nunca salió con un no músico, creerle le dio seguridad. Necesitaba hacerlo, o pretender que le creía. Los corazones rotos funcionan así. Pero es tan raro, ella que nunca dio el brazo a torcer, está ahora con un viejo que se dice guitarrista, con pasado de gloria y presente de pirata que ya no tiene redención posible.

3

Subo al taxi tapándome la cara, el sol del mediodía me lastima las pupilas, tengo un recuerdo blureado de la noche anterior y una extrañeza aún mayor por lo que acaba de pasar.

¿Alguna vez despertaron en una cama extraña pensando que es la propia y sintieron un terror primitivo, visceral, al comprobar que no lo era? Así me sentí esta mañana, cuando desperté en la cama de un hotel céntrico, a su lado. Él aún dormía, desamparado de sus máscaras, supe más de él en ese momento que por todas las historias que me contó y que grabé a escondidas con mi celular. No debí hacer eso, no puedo publicar algo que no fue consensuado, no tengo una entrevista, tengo resaca, una tenaza que me oprime las sienes. Eso tengo. Nada más. Él ya obtuvo lo que quería así que ni vale la pena que intente nada. Mejor me voy.

Mientras pensaba todo esto, él despertó, giró en la cama, me vio, sonrió al comprobar que yo seguía ahí, o eso quise ver en su media sonrisa de labios cerrados. Me dijo que deberíamos desayunar y le dije que sí con una respuesta predeterminada, idéntica a la que le hubiera dado a cualquier otro comentario. Me metí en el baño, escuché que ordenaba algún servicio a la habitación en un inglés espantoso y abrí la ducha.

Cuando salí, limpia y algo más despejada, lo primero que vi fue la bandeja de hotel con una tetera de hierro, una taza, azúcar y edulcorante en sobres y un par de medialunas en un plato. Antes de levantar la vista, me llamó la atención el hecho de que hubiera una sola bandeja individual para un desayuno de dos… enseguida comprobé que él ya no estaba. Estaban sus cosas, su ropa, sus valijas, pero faltaba su abrigo y sus anteojos de sol. Me dejó el desayuno. Lo tomé, dejé mi tarjeta sobre la mesita y me fui.

No sé porqué le dejé esa tarjeta. No va a llamar. Y se me parte la nuca, es domingo, se está nublando, mejor dormir, no quiero pensar más hoy.

4

¡¿Para qué la llamé?! No sé que tanto crédito darle a esas palabras entrecortadas entre sueños de alplax. Debe haber sido terrible y me dice que fue genial para que no me preocupe o para que ya no sienta tanta lástima por ella. No puede ser verdad que la pasó bien, si fuera así estaría contenta y me habría llamado para contarme TODO, eso hacen las amigas, ¿no? Se debe dar cuenta de lo que pienso y me miente. Mañana la visitaré, veremos una peli, pediremos helado, se ablandará y me contará qué onda el viejo.

5

Es lunes, llego a la oficina. Como cada mañana, abro las cortinas mientras se prende la compu. Calefactor, vaso de agua, mi almuerzo en la heladera. Me siento, abro Facebook y no me sorprende encontrar su nombre. No llamó, pero me manda su solicitud de amistad. Acepto, chateamos. Me pide una noche más, se irá mañana. Le digo que sí y le pido una entrevista. El tono de él es de conquista, el mío, de negociación.

Me suena el celular, es él. Su tono es similar al de Dave Gaham en Enjoy de Silence. Me está esperando en la puerta del laburo. Por suerte me quedé sola y no tengo que explicarle nada a nadie. Nos sentamos a tomar un café y charlar. Esta vez grabo todo sin ocultarlo. Me cuenta más cosas de una forma mucho más abierta que la primera noche. Me da el mail de su agente para que le pida las fotos de prensa en alta que acompañarán la nota.

Ahora, mi parte del trato. Nos vamos, taxi, besos, cena, hotel. Y todo otra vez, calcado del primer encuentro, hasta el desayuno. Un deja vu con más melancolía que emoción.

Y una vez más, el sol me lacera los ojos hasta que subo al taxi. Pero sin la bruma del alcohol en sangre no hay excusas que diluyan el sabor amargo de terminar así.

6

– Boluda, ¡ni un mensaje me mandaste! ¡Me preocupé!

– No pasó nada, ya te dije…

– ¿Y qué vamos a hacer con esos ojos tristes, eh?

– Nada, ya sabés que son así desde antes de nacer.

– Si, ya sé, como dice la canción…

– Ajá.

– Che, ¿a dónde vamos hoy?

– No sé… ¿Al Living?

– ¡Dale!

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Ficción, Música, Relato en serie

Perfumes

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Las 11 horas de avión fueron agotadoras, pero el rumor de que él se alojaría en el mismo lugar le disipaba cualquier malestar físico. Sumida en esos pensamientos llegó al hotel, subió a su habitación, desempacó y entró en la ducha.

Mientras el agua caía sobre su espalda, ella fantaseaba con formas de verlo. Si los esperaría en el hall del hotel para encontrarlo por casualidad, o si averiguaría el número de su habitación e iría a tocar su puerta con una excusa tonta. ¿Se animaría a tanto?

Salió del baño envuelta en una bata y lo vio, ¡sí! ¡A ese hombre tantas veces soñado! En su habitación, de pie junto a la cómoda husmeando entre sus cosas… no creía lo que veía, enmudeció con el corazón a mil y los ojos grandes y abiertos clavados en él.

Mientras su mente se nublaba con un calor extraño y agobiante, él la miró con una tímida sonrisa en los labios. Se excusó torpemente por haber entrado diciendo que su habitación no estaba lista o algo así (ella lo escuchaba como en sueños, difuso, lejano, aturdida como se encontraba).

Y esa sonrisa lo invadió todo. El intruso no tardó en comprender el estado de ella, así que siguió con su recorrido visual por la cómoda hasta llegar a los perfumes. Tomó uno y dijo algo sobre Christian Dior, lo destapó y esbozó una teoría sobre el aroma de esos elixires, que huelen en el frasco distinto que en la piel. En seguida, se acercó a su aterrada espectadora y tomó su muñeca para rociarle Poison, se la llevó a la nariz y un brillo iluminó sus ojos claros. Aprovechando la falta de reacción de la mujer, tomó otra botellita, negra, intensa como los latidos que se aceleraban aún más, después de oler delicadamente la esencia de Black XS, la vaporizó sobre la otra inerte muñeca de ella, también la arrimó a su nariz fina, cerró los ojos con una sonrisa sardónica y un movimiento suave de la cabeza hacia un lado. Ella se creyó morir, o al menos desmayarse, por lo que echó su cabeza hacia atrás, movimiento que le posibilitó al intruso esparcir un tercer perfume bajo la oreja izquierda de su víctima:- “Bright Crystal! Este es el que mejor le queda!”, opinó luego de rozar apenas el cuello con nariz y dedos y dejarla, ahogada en un mar de sensaciones fuertes, placenteras e insoportables…

Lo último que ella vio antes de caer al suelo fueron esos labios elegantes, dibujando una sonrisa leve, esa mirada esquiva y esa mano grácil cerrando la puerta tras de sí.

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Ficción, Relato en serie

Sweet Sixteen

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Sus familias se hicieron amigas desde antes que ellos nacieran, a todos les resultó natural que decidieran compartir gastos para pasar enero en la costa. Alquilaron un chalet donde entraban cómodamente Laura con sus padres y Juan, con los suyos.

Los chicos se conocían de toda la vida, pero no se podría decir que crecieron juntos, ni siquiera que alguna vez habían hecho algo en común, la diferencia de edad lo había impedido. Así que esas vacaciones serían la primera oportunidad que tendrían de compartir tiempo juntos, conocerse de verdad.

Laura tenía 16 años recién cumplidos, Juan tenía 22. Para ella, el hijo de sus “tíos” era un Adonis (así lo llamaba ella en su diario íntimo, plagado de referencias a la mitología griega, una de sus grandes pasiones). La emocionaba la idea de compartir un espacio con él por un mes y lo que ello implicaba: verlo a diario, saber cómo es uno de sus días, poder observarlo comer, caminar, beber, cebar mate, hablar con él.

Para Juan esas vacaciones eran parte de un trato con sus padres: iría con ellos, se comportaría, maduraría, dejaría de lado las borracheras que lo arrastraban hasta quedar inconsciente, de tomar pastillas, de fumar marihuana… pero a cambio de todo eso, sus padres dejarían de hostigarlo con la carrera de ingeniería y podría ser músico, finalmente.

Cuando ambas familias llegaron al chalet y estacionaron sus autos, se instalaron y aclimataron, todo fue según lo planeado: días de sol en la playa, almuerzos y cenas para seis, desayunos frutales y mates al atardecer. Cine y juegos de cartas los días grises, trasnoches de zapping y algunas caminatas por el centro de la ciudad costera.

Los “chicos” no se llevaban mal, para alivio de sus padres. Juan hizo un esfuerzo para no aburrirse al compartir tiempo con una chica que aún va al colegio. A los pocos días descubrió que no era tan malo y que si bien no tenían mucho en común, ella no era ni tonta ni caprichosa. Laura aceptaba su música y ambos se turnaban amablemente para la elección de pelis y gustos de helado.

Laura jamás hubiera osado contradecir a Juan. Habría hecho todo por complacerlo. No guardaba ni la menor esperanza de que se fije en ella, sabía que ni sus rulos ni su estatura, más bien baja, serían atractivos para él. Se contentaba con no fastidiarlo, con verlo sonreír. Y agradecía el poder estar cerca de su “Adonis” de piel dorada, cuyos rasgos al sol y su pelo echado hacia atrás se parecían tanto a los de James Dean en “Giant”. Un semidiós griego, que a la luz de la luna se tornaba algo lánguido, con un aire dulce y desamparado, a lo Jeff Buckley. Era, simplemente, un clon de James Franco a los ojos de Laura.

Un sábado, los mayores decidieron salir a “reventar la noche” –sus hijos sentían vergüenza ajena al escucharlos expresarse así- pero no dijeron nada. Ambos se fueron a dormir temprano, agotados luego de una tarde de varios rounds contra el mar.

Laura se despertó a las siete de la mañana siguiente, cuando un rayo de sol que se filtró por la persiana se ubicó persistentemente en su nariz. Tomó un baño teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido, no quería ser causa de nada que pudiera molestar a Juan. Reprimió las ganas de cantar bajo la ducha pero, a cambio, se deleitó recordando la tarde anterior, a Juan bañado por las olas, corriendo, nadando, riendo, haciéndole bromas. Una vez seca y peinada, se puso su bata y se dirigió a su habitación a vestirse. Siempre con cuidado, sin hacer ruido, cerró la puerta tras de sí. Al volverse encontró a Juan recostado en su cama. La sorpresa la dejó muda y petrificada contra la puerta.

Él sonrió, mirándola.

Ella se aflojó, atinó a sonreír e intentó una broma, pero no supo qué decir.

Él rió como si hubiera escuchado una ocurrencia brillante, se levantó y fue hacia ella, que no hacía más que mirarlo, embelesada.

Juan levantó a Laura en sus brazos y la depositó sobre la cama. Luego, se sentó a su lado y se sacó la remera en un solo movimiento. Ella ahogó un gritito entre sus manos.

Él la miró fijo, pero sin rudeza. Tomó sus manos y las alejó de su boca. Con suavidad, desató el nudo de la bata y, muy despacio, corrió la tela hasta dejar al descubierto el cuerpo desnudo y tembloroso de “Laurita”.

Ella no puso objeciones, se quedó quieta y silenciosa mirándolo, extasiada.

Él acarició sus brazos, sus piernas, su cintura, besó sus pechos, su ombligo. Pasó sus manos por los hombros, las caderas, los pechos otra vez. Ella ahogó otro gemido cuando sintió la lengua de su ídolo rozándole el clítoris.

Luego del orgasmo (Laura no pudo ahogar ese grito), Juan se levantó lentamente, agarró su remera y se alejó dejando a la chica alterada, vulnerable y confundida. Mientras bajaba la escalera le dijo: – Vestite tranquila, yo mientras preparo el desayuno.

Cuando los padres de ambos regresaron, pasadas las ocho, los chicos estaban en la cocina, con sendas tazas de té y tostadas con mermelada, mirando videos en VH1, riéndose del look de Billy Idol.

Las madres besaron a sus hijos mientras preguntaban si habían dormido bien. Los padres apenas atinaron a decir “hola” y sonreír antes de subir a desplomarse en sus camas.

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