Ficción, Música

Quiero un perro

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Llegó al estudio fuera de sí. Agitado, mirando para todos lados como si buscara algo que no existía más que en su ansiedad. Lo había visto muchas veces así, herido en su visión de lo que debemos ser y representar.  Últimamente, su paciencia estaba a punto de agotarse.

Estaba tan nervioso que no me dijo nada. Ni un “hola”. El vinilo que traía entre sus manos -porque lo sujetaba fuerte con ambas manos, como si pesara mucho más que los 180 gramos estándar-  se le cayó un par de veces antes que lograra ponerlo a girar en la bandeja. Creí que rompería todo, pero él es cuidadoso con las cosas aún en ese estado. Finalmente, puso el disco a andar y me miró por primera vez desde su llegada. Sus ojos buscaban respuestas en mí pero yo ignoraba las preguntas que tanto lo atormentaban. No dije nada. Decidí esperar a que rompa su mutismo desesperado.

-Es el nuevo single. Lo escuché en la radio mientras me preparaba para venir, pasé a comprarlo… ¡Hijos de puta!

-¿Qué pasa…?, pregunté en voz baja, tratando de no irritarlo.

-¡Pasa que lo hicieron de nuevo! Siempre se nos adelantan así… dura más de 8 minutos y samplearon de todo, hasta ranas.

-¿Ranas?

-Sí, escuchá… ¿Qué vamos a hacer ahora?

 

Dejamos de habar y seguimos escuchando el tema con parcial atención. Él, sumido en una lucha interna contra lo inevitable. Yo, conciente de que debía calmarlo de alguna forma. Miré mis notas tratando de encontrar algo que pudiera contentarlo. Recordé que hacía unas semanas atrás había grabado los ladridos de mi perro. No pensaba usarlos, los grabé casi por un impulso ¿o fue intuición? Tomé una de las bases que venía bocetando y el sample de mi Yorkshire. Los surcos del vinilo se habían acabado y el brazo de la bandeja se suspendió en el aire. El silencio ahogaba a mi compañero. Se había quedado mirando fijamente la portada del single, buscando pistas. Me adelanté a su desesperación:

-Tengo una idea.

-¿En serio…?

-Sí y también quiero un té. A vos te vendría bien uno, ya que estamos.

-Bueno… ¿Preparo té para los dos?

-Sí, por favor, mientras yo armo esto.

 

Se dirigió cabizbajo y dubitativo a la cocina, preso de un silencio que era sólo físico. En su cabeza una catarata de preguntas y reproches lo volvían incapaz de pensar en algo útil. Eso lo enojaba aún más. Me apuré.

Cuando volvió con la bandeja que contenía el juego de té, igual de silencioso y abrumado que cuando se retiró, me dediqué a mostrarle mi idea con tranquilidad. Escuchó con atención, poniéndole pausa a sus demonios y queriendo tomar de un trago el contenido de su taza, algo que la temperatura de la bebida le impidió hacer. Cuando terminé mi boceto me miró un largo rato. Bajó la vista despacio y si decir palabra alguna tomó su libreta de notas. Lo esperé en silencio disfrutando mi té mientras él escribía.

-Ok, es algo. Veamos cómo queda todo junto.

Ensayó una letra sobre tener un perro que lo espere en casa y un estribillo que reflexiona sobre la soledad.  Quedó un demo algo crudo pero aceptable. Y aunque tuviera destino de lado B, él por fin se quedó tranquilo y me sonrió. Supe que estaba todo bien así que me animé a reírme de sus nervios, él rió también. Más relajados ya, volvimos a trabajar en ese cover que sería nuestro próximo single.

 

 

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Ficción, Música

Music-mundo

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Eramos tres amigas pre-adolescentes cuyos veranos transcurrían en el calor de la ciudad. Nos conocíamos desde que teníamos ocho años, crecimos juntas. Ahora dábamos nuestros primeros pasos en “salir solas”. Ro y yo nos encontrábamos para tomar juntas el subte en José Hernández, cerca de su casa. La rutina indicaba bajar en Bulnes, subir la escalera que conecta directo con el Alto Palermo, cruzarlo hasta la otra puerta y esperar allí a Na. Luego, las tres caminaríamos por los tres pisos del shopping, nos sentaríamos en los bancos a charlar y descansar, seguiríamos paseando y, para terminar, juntaríamos las monedas para una bocha de helado o una tableta de menta. El encuentro terminaba al atardecer, cada una desandaba su camino de vuelta a casa antes de la hora de cenar.

En esa ocasión, yo había conseguido algunas notas de los hermanos Hanson para las chicas. Ellas los amaban, yo no. Así que podía regalarles las páginas a color con sus fotos y disfrutar de su alegría. A su vez, ellas me acompañarían al Musimundo del entrepiso a mirar discos durante un buen rato. Eran tiempos de esperar que la radio pase tu canción favorita o ir a la disquería y darle un par de vueltas en los reproductores de CD disponibles para promocionar los últimos lanzamientos.

Fue en ese local que descubrimos la que pronto se convirtió en una parada obligada en nuestro paseo. En la parte de equipos estaban también las computadoras. Una PC que nunca podríamos costear mostraba el video de Crazy de Aerosmith en loop. Nosotras nos acercábamos a verlo completo deseando secretamente ser esas chicas, al menos por un rato. Ese día algo nos interrumpió. El vendedor encargado rompió el encanto del momento maniobrando la perilla del volumen mientras nos echaba con un afán que nos dejó estupefactas. Antes que pudiéramos reaccionar, otro empleado se acercó amable, nos sonrió y le dijo a su compañero – “Dejalas a las chicas…” mientras volvía subir el volumen. La voz de Steven Tyler volvió a sonar y el primer vendedor nos entregó un folleto de la compu, “ya que estábamos tan interesadas”.

¿Nosotras? Apenas atinamos a mirar el piso, sin entender del todo ese mundo que nos rodeaba. Sonreímos, nos ruborizamos y abandonamos el lugar. Aunque sí, como Alicia Silverstone y Liv Tyler, nos fuimos para no volver.

 

 

 

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Mr. Jones and me

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Soy de la generación de chicas que crecieron soñando con un Goblin King en lugar de un príncipe azul. Y así toda nuestra idea de masculinidad fue modificada, ablandada, desprejuiciada casi sin que nos diéramos cuenta.
Así conocí a Bowie, caracterizado como Jareth, aunque su música e imagen estuvieron siempre. Para los que nacimos en los 80, Bowie era parte de la naturaleza. Está el sol, el mar y está David Bowie.
Entonces no te das cuenta, simplemente lo vivís como parte de tu cultura. Tomás mate, comés pizza, hablas lunfardo e idolatrás a David Bowie en cualquiera de sus formas. Es algo dado.
Hasta que sos más grande y tomás cierta distancia y escuchas los discos (ya no los hits) y entendés la gran dimensión artística (no sólo musical) de este tipo.
Y un día, cuando ya o esperabas nada de él, sale un tema nuevo en su cumpleaños. Y mi generación es la más feliz del mundo por tener la chance de vivir contemporáneamente un disco de Bowie. Esperar The Next Day fue hermoso.
Y un par de años más tarde, la promesa de un nuevo disco en su próximo cumpleaños y un tema adelanto que es de otro mundo. Nos preparamos para esperar algo grande que finalmente llegó. Y festejamos.
Porque, como dijeron hoy Neil y Chris, todos somos hijos de Bowie. Y como dijo Leo, todos tenemos un recuerdo de infancia o juventud ligado a él. Como dijo Peter, jamás creímos que este día llegaría. Y como dijeron tantos otros, estamos devastados. Huérfanos.
Cuando vi el video de Lazarus dije que Bowie nos estaba enseñando a envejecer, pero era otra la lección. Como los tres crucificados del video de Blackstar, Bowie se le ríe a la muerte en la cara. Y así le gana, convirtiendo su vida entera en una obra de arte.

Requiescat In Pace, Ziggy, Duque, Jareth, Blackstar, David Bowie.

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Ficción

Este mundo tan poco sensual que no pudo aliviarme

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Fueron nuestras rodillas las que empezaron a rozarse. Tirados en el sillón, esperando, sin hablar y mirando la nada. Luego nuestras pantorrillas se juntaron, de a poco, hasta volcar el peso de una en la otra, mutuamente. Brazo contra brazo, escuchábamos nuestras respiraciones, nuestros pulsos. Antes de continuar en esa escena estúpida, me recosté y apoyé mi cabeza en su ombligo. Entonces lo noté, apenas, cerca de mi frente. Giré y comencé a acariciarlo. A él le gustó. Se desabrochó el cinturón, el botón del jean, metí mi mano en él. Lo ayudé a bajarlo, me arrodillé y justo cuando lo tuve tan cerca de mi boca, recordé quién era el idiota de su dueño. Apoyé mi mano en su rodilla para levantarme, tomé mis cosas y salí.

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Ficción, Relato en serie

Amor descartable

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1

Me comió la boca, el cuello, el resto. Nada de lo que percibí al verlo acercarse, un rato antes en El Living, me hizo pensar que pudiéramos terminar así.

Todo empezó durante una charla en la que hablábamos de evadirnos del mundo mediante las canciones. Mientras, en la pantalla, una chica rubia se pinta los labios frente al espejo de un baño que podría ser tranquilamente el del bar en el que nos encontramos ahora; por los parlantes, Jarvis canta eso de “Deborah, do you recall?”

En realidad, empezó antes. Sonaba Ziggy Stardust y yo fingía charlar con Cecilia, pero lo cierto es que cantaba y seguía cada uno de los movimientos del clip. Me recuerda a Morrissey, debería usarlo como ejemplo de lo que fue ver a Morrissey, ahí adelante, como los chicos del video, con los chicos del video, peleando por la vida, pero con un ídolo lejano, inalcanzable. Nada de mosh con Moz, nada de soñar con tenerlo enjaulado.

Él nos vio y caminó hacia nosotras para hablarnos, porque nos hablaba a las dos, pero era evidente que venía por mí. Decidió el momento justo, nos había observado por un rato, hasta que supo que yo podría ver en él algo de lo que me mostraba la pantalla. Aprovechar el parecido, acudir al recurso del sustituto, jugarla a ser el deseado, él el deseado. Engañarme, o ayudarme a que me crea el engaño. Mi propio cuento.

Yo me reí de él, de la situación, de la sonrisa entre nerviosa y divertida de mi amiga. Y decidí seguir su juego, se lo presenté a ella como “el guitarrista del video que pasó recién”, – ¡Wow! – ¡Un rockstar! ¡Acá! – ¡Vamos a comprar un trago!

2

Vuelvo en el 152, luego el 22 y un remis por 15 cuadras hasta la puerta de casa, en Quilmes. Fue raro saltearnos el desayuno, esas dos cuadras a las corridas hasta La Madelaine, escapando del frío matinal y de los borrachos, el ritual de esperar juntas el 152, cada una en su vereda, para su lado, que ambos lleguen al mismo tiempo y saludarnos con la mano antes de que nos tapen, antes de subir y dar por terminada la noche. Nuestras noches de chicas en las que rebotamos giles entre risas y nos cubrimos la espalda con miradas cómplices. Fue tan raro que decidiera saltar todos esos códigos y subir al taxi con él. Pero la entiendo, hace meses que está sola, que llora por los rincones, que intenta levantar la frente luego de que ese chico ideal que parecía amarla más que a nada en el mundo la dejara por otra. Por una que no vale la pena, pero así son los hombres. Aún él es así. Es más, si él es así, lo son todos, ya no tengo dudas de eso. No la culpo, una noche con un viejo… todas pasamos por ahí. El yanqui tiene guita, seguro la están pasando bien. Los yanquis vienen a pasar una temporada tentados por el cuento de la carne argentina. Un mito, como todo. Pero quieren probar, piensan que pueden comprar cualquier cosa con sus credit cards. Seguro que nunca agarró una guitarra en su vida, pero dijo que era músico y ella decidió creerle. Comprendo que haya querido comerse ese buzón, a ella le gustan los músicos, nunca salió con un no músico, creerle le dio seguridad. Necesitaba hacerlo, o pretender que le creía. Los corazones rotos funcionan así. Pero es tan raro, ella que nunca dio el brazo a torcer, está ahora con un viejo que se dice guitarrista, con pasado de gloria y presente de pirata que ya no tiene redención posible.

3

Subo al taxi tapándome la cara, el sol del mediodía me lastima las pupilas, tengo un recuerdo blureado de la noche anterior y una extrañeza aún mayor por lo que acaba de pasar.

¿Alguna vez despertaron en una cama extraña pensando que es la propia y sintieron un terror primitivo, visceral, al comprobar que no lo era? Así me sentí esta mañana, cuando desperté en la cama de un hotel céntrico, a su lado. Él aún dormía, desamparado de sus máscaras, supe más de él en ese momento que por todas las historias que me contó y que grabé a escondidas con mi celular. No debí hacer eso, no puedo publicar algo que no fue consensuado, no tengo una entrevista, tengo resaca, una tenaza que me oprime las sienes. Eso tengo. Nada más. Él ya obtuvo lo que quería así que ni vale la pena que intente nada. Mejor me voy.

Mientras pensaba todo esto, él despertó, giró en la cama, me vio, sonrió al comprobar que yo seguía ahí, o eso quise ver en su media sonrisa de labios cerrados. Me dijo que deberíamos desayunar y le dije que sí con una respuesta predeterminada, idéntica a la que le hubiera dado a cualquier otro comentario. Me metí en el baño, escuché que ordenaba algún servicio a la habitación en un inglés espantoso y abrí la ducha.

Cuando salí, limpia y algo más despejada, lo primero que vi fue la bandeja de hotel con una tetera de hierro, una taza, azúcar y edulcorante en sobres y un par de medialunas en un plato. Antes de levantar la vista, me llamó la atención el hecho de que hubiera una sola bandeja individual para un desayuno de dos… enseguida comprobé que él ya no estaba. Estaban sus cosas, su ropa, sus valijas, pero faltaba su abrigo y sus anteojos de sol. Me dejó el desayuno. Lo tomé, dejé mi tarjeta sobre la mesita y me fui.

No sé porqué le dejé esa tarjeta. No va a llamar. Y se me parte la nuca, es domingo, se está nublando, mejor dormir, no quiero pensar más hoy.

4

¡¿Para qué la llamé?! No sé que tanto crédito darle a esas palabras entrecortadas entre sueños de alplax. Debe haber sido terrible y me dice que fue genial para que no me preocupe o para que ya no sienta tanta lástima por ella. No puede ser verdad que la pasó bien, si fuera así estaría contenta y me habría llamado para contarme TODO, eso hacen las amigas, ¿no? Se debe dar cuenta de lo que pienso y me miente. Mañana la visitaré, veremos una peli, pediremos helado, se ablandará y me contará qué onda el viejo.

5

Es lunes, llego a la oficina. Como cada mañana, abro las cortinas mientras se prende la compu. Calefactor, vaso de agua, mi almuerzo en la heladera. Me siento, abro Facebook y no me sorprende encontrar su nombre. No llamó, pero me manda su solicitud de amistad. Acepto, chateamos. Me pide una noche más, se irá mañana. Le digo que sí y le pido una entrevista. El tono de él es de conquista, el mío, de negociación.

Me suena el celular, es él. Su tono es similar al de Dave Gaham en Enjoy de Silence. Me está esperando en la puerta del laburo. Por suerte me quedé sola y no tengo que explicarle nada a nadie. Nos sentamos a tomar un café y charlar. Esta vez grabo todo sin ocultarlo. Me cuenta más cosas de una forma mucho más abierta que la primera noche. Me da el mail de su agente para que le pida las fotos de prensa en alta que acompañarán la nota.

Ahora, mi parte del trato. Nos vamos, taxi, besos, cena, hotel. Y todo otra vez, calcado del primer encuentro, hasta el desayuno. Un deja vu con más melancolía que emoción.

Y una vez más, el sol me lacera los ojos hasta que subo al taxi. Pero sin la bruma del alcohol en sangre no hay excusas que diluyan el sabor amargo de terminar así.

6

– Boluda, ¡ni un mensaje me mandaste! ¡Me preocupé!

– No pasó nada, ya te dije…

– ¿Y qué vamos a hacer con esos ojos tristes, eh?

– Nada, ya sabés que son así desde antes de nacer.

– Si, ya sé, como dice la canción…

– Ajá.

– Che, ¿a dónde vamos hoy?

– No sé… ¿Al Living?

– ¡Dale!

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Sin categoría

Perfumes

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Las 11 horas de avión fueron agotadoras, pero el rumor de que él se alojaría en el mismo lugar le disipaba cualquier malestar físico. Sumida en esos pensamientos llegó al hotel, subió a su habitación, desempacó y entró en la ducha.

Mientras el agua caía sobre su espalda, ella fantaseaba con formas de verlo. Si los esperaría en el hall del hotel para encontrarlo por casualidad, o si averiguaría el número de su habitación e iría a tocar su puerta con una excusa tonta. ¿Se animaría a tanto?

Salió del baño envuelta en una bata y lo vio, ¡sí! ¡A ese hombre tantas veces soñado! En su habitación, de pie junto a la cómoda husmeando entre sus cosas… no creía lo que veía, enmudeció con el corazón a mil y los ojos grandes y abiertos clavados en él.

Mientras su mente se nublaba con un calor extraño y agobiante, él la miró con una tímida sonrisa en los labios. Se excusó torpemente por haber entrado diciendo que su habitación no estaba lista o algo así (ella lo escuchaba como en sueños, difuso, lejano, aturdida como se encontraba).

Y esa sonrisa lo invadió todo. El intruso no tardó en comprender el estado de ella, así que siguió con su recorrido visual por la cómoda hasta llegar a los perfumes. Tomó uno y dijo algo sobre Christian Dior, lo destapó y esbozó una teoría sobre el aroma de esos elixires, que huelen en el frasco distinto que en la piel. En seguida, se acercó a su aterrada espectadora y tomó su muñeca para rociarle Poison, se la llevó a la nariz y un brillo iluminó sus ojos claros. Aprovechando la falta de reacción de la mujer, tomó otra botellita, negra, intensa como los latidos que se aceleraban aún más, después de oler delicadamente la esencia de Black XS, la vaporizó sobre la otra inerte muñeca de ella, también la arrimó a su nariz fina, cerró los ojos con una sonrisa sardónica y un movimiento suave de la cabeza hacia un lado. Ella se creyó morir, o al menos desmayarse, por lo que echó su cabeza hacia atrás, movimiento que le posibilitó al intruso esparcir un tercer perfume bajo la oreja izquierda de su víctima:- “Bright Crystal! Este es el que mejor le queda!”, opinó luego de rozar apenas el cuello con nariz y dedos y dejarla, ahogada en un mar de sensaciones fuertes, placenteras e insoportables…

Lo último que ella vio antes de caer al suelo fueron esos labios elegantes, dibujando una sonrisa leve, esa mirada esquiva y esa mano grácil cerrando la puerta tras de sí.

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Ficción, Relato en serie

Sweet Sixteen

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Sus familias se hicieron amigas desde antes que ellos nacieran, a todos les resultó natural que decidieran compartir gastos para pasar enero en la costa. Alquilaron un chalet donde entraban cómodamente Laura con sus padres y Juan, con los suyos.

Los chicos se conocían de toda la vida, pero no se podría decir que crecieron juntos, ni siquiera que alguna vez habían hecho algo en común, la diferencia de edad lo había impedido. Así que esas vacaciones serían la primera oportunidad que tendrían de compartir tiempo juntos, conocerse de verdad.

Laura tenía 16 años recién cumplidos, Juan tenía 22. Para ella, el hijo de sus “tíos” era un Adonis (así lo llamaba ella en su diario íntimo, plagado de referencias a la mitología griega, una de sus grandes pasiones). La emocionaba la idea de compartir un espacio con él por un mes y lo que ello implicaba: verlo a diario, saber cómo es uno de sus días, poder observarlo comer, caminar, beber, cebar mate, hablar con él.

Para Juan esas vacaciones eran parte de un trato con sus padres: iría con ellos, se comportaría, maduraría, dejaría de lado las borracheras que lo arrastraban hasta quedar inconsciente, de tomar pastillas, de fumar marihuana… pero a cambio de todo eso, sus padres dejarían de hostigarlo con la carrera de ingeniería y podría ser músico, finalmente.

Cuando ambas familias llegaron al chalet y estacionaron sus autos, se instalaron y aclimataron, todo fue según lo planeado: días de sol en la playa, almuerzos y cenas para seis, desayunos frutales y mates al atardecer. Cine y juegos de cartas los días grises, trasnoches de zapping y algunas caminatas por el centro de la ciudad costera.

Los “chicos” no se llevaban mal, para alivio de sus padres. Juan hizo un esfuerzo para no aburrirse al compartir tiempo con una chica que aún va al colegio. A los pocos días descubrió que no era tan malo y que si bien no tenían mucho en común, ella no era ni tonta ni caprichosa. Laura aceptaba su música y ambos se turnaban amablemente para la elección de pelis y gustos de helado.

Laura jamás hubiera osado contradecir a Juan. Habría hecho todo por complacerlo. No guardaba ni la menor esperanza de que se fije en ella, sabía que ni sus rulos ni su estatura, más bien baja, serían atractivos para él. Se contentaba con no fastidiarlo, con verlo sonreír. Y agradecía el poder estar cerca de su “Adonis” de piel dorada, cuyos rasgos al sol y su pelo echado hacia atrás se parecían tanto a los de James Dean en “Giant”. Un semidiós griego, que a la luz de la luna se tornaba algo lánguido, con un aire dulce y desamparado, a lo Jeff Buckley. Era, simplemente, un clon de James Franco a los ojos de Laura.

Un sábado, los mayores decidieron salir a “reventar la noche” –sus hijos sentían vergüenza ajena al escucharlos expresarse así- pero no dijeron nada. Ambos se fueron a dormir temprano, agotados luego de una tarde de varios rounds contra el mar.

Laura se despertó a las siete de la mañana siguiente, cuando un rayo de sol que se filtró por la persiana se ubicó persistentemente en su nariz. Tomó un baño teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido, no quería ser causa de nada que pudiera molestar a Juan. Reprimió las ganas de cantar bajo la ducha pero, a cambio, se deleitó recordando la tarde anterior, a Juan bañado por las olas, corriendo, nadando, riendo, haciéndole bromas. Una vez seca y peinada, se puso su bata y se dirigió a su habitación a vestirse. Siempre con cuidado, sin hacer ruido, cerró la puerta tras de sí. Al volverse encontró a Juan recostado en su cama. La sorpresa la dejó muda y petrificada contra la puerta.

Él sonrió, mirándola.

Ella se aflojó, atinó a sonreír e intentó una broma, pero no supo qué decir.

Él rió como si hubiera escuchado una ocurrencia brillante, se levantó y fue hacia ella, que no hacía más que mirarlo, embelesada.

Juan levantó a Laura en sus brazos y la depositó sobre la cama. Luego, se sentó a su lado y se sacó la remera en un solo movimiento. Ella ahogó un gritito entre sus manos.

Él la miró fijo, pero sin rudeza. Tomó sus manos y las alejó de su boca. Con suavidad, desató el nudo de la bata y, muy despacio, corrió la tela hasta dejar al descubierto el cuerpo desnudo y tembloroso de “Laurita”.

Ella no puso objeciones, se quedó quieta y silenciosa mirándolo, extasiada.

Él acarició sus brazos, sus piernas, su cintura, besó sus pechos, su ombligo. Pasó sus manos por los hombros, las caderas, los pechos otra vez. Ella ahogó otro gemido cuando sintió la lengua de su ídolo rozándole el clítoris.

Luego del orgasmo (Laura no pudo ahogar ese grito), Juan se levantó lentamente, agarró su remera y se alejó dejando a la chica alterada, vulnerable y confundida. Mientras bajaba la escalera le dijo: – Vestite tranquila, yo mientras preparo el desayuno.

Cuando los padres de ambos regresaron, pasadas las ocho, los chicos estaban en la cocina, con sendas tazas de té y tostadas con mermelada, mirando videos en VH1, riéndose del look de Billy Idol.

Las madres besaron a sus hijos mientras preguntaban si habían dormido bien. Los padres apenas atinaron a decir “hola” y sonreír antes de subir a desplomarse en sus camas.

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