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Perfumes

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Las 11 horas de avión fueron agotadoras, pero el rumor de que él se alojaría en el mismo lugar le disipaba cualquier malestar físico. Sumida en esos pensamientos llegó al hotel, subió a su habitación, desempacó y entró en la ducha.

Mientras el agua caía sobre su espalda, ella fantaseaba con formas de verlo. Si los esperaría en el hall del hotel para encontrarlo por casualidad, o si averiguaría el número de su habitación e iría a tocar su puerta con una excusa tonta. ¿Se animaría a tanto?

Salió del baño envuelta en una bata y lo vio, ¡sí! ¡A ese hombre tantas veces soñado! En su habitación, de pie junto a la cómoda husmeando entre sus cosas… no creía lo que veía, enmudeció con el corazón a mil y los ojos grandes y abiertos clavados en él.

Mientras su mente se nublaba con un calor extraño y agobiante, él la miró con una tímida sonrisa en los labios. Se excusó torpemente por haber entrado diciendo que su habitación no estaba lista o algo así (ella lo escuchaba como en sueños, difuso, lejano, aturdida como se encontraba).

Y esa sonrisa lo invadió todo. El intruso no tardó en comprender el estado de ella, así que siguió con su recorrido visual por la cómoda hasta llegar a los perfumes. Tomó uno y dijo algo sobre Christian Dior, lo destapó y esbozó una teoría sobre el aroma de esos elixires, que huelen en el frasco distinto que en la piel. En seguida, se acercó a su aterrada espectadora y tomó su muñeca para rociarle Poison, se la llevó a la nariz y un brillo iluminó sus ojos claros. Aprovechando la falta de reacción de la mujer, tomó otra botellita, negra, intensa como los latidos que se aceleraban aún más, después de oler delicadamente la esencia de Black XS, la vaporizó sobre la otra inerte muñeca de ella, también la arrimó a su nariz fina, cerró los ojos con una sonrisa sardónica y un movimiento suave de la cabeza hacia un lado. Ella se creyó morir, o al menos desmayarse, por lo que echó su cabeza hacia atrás, movimiento que le posibilitó al intruso esparcir un tercer perfume bajo la oreja izquierda de su víctima:- “Bright Crystal! Este es el que mejor le queda!”, opinó luego de rozar apenas el cuello con nariz y dedos y dejarla, ahogada en un mar de sensaciones fuertes, placenteras e insoportables…

Lo último que ella vio antes de caer al suelo fueron esos labios elegantes, dibujando una sonrisa leve, esa mirada esquiva y esa mano grácil cerrando la puerta tras de sí.

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Ficción, Relato en serie

Sweet Sixteen

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Sus familias se hicieron amigas desde antes que ellos nacieran, a todos les resultó natural que decidieran compartir gastos para pasar enero en la costa. Alquilaron un chalet donde entraban cómodamente Laura con sus padres y Juan, con los suyos.

Los chicos se conocían de toda la vida, pero no se podría decir que crecieron juntos, ni siquiera que alguna vez habían hecho algo en común, la diferencia de edad lo había impedido. Así que esas vacaciones serían la primera oportunidad que tendrían de compartir tiempo juntos, conocerse de verdad.

Laura tenía 16 años recién cumplidos, Juan tenía 22. Para ella, el hijo de sus “tíos” era un Adonis (así lo llamaba ella en su diario íntimo, plagado de referencias a la mitología griega, una de sus grandes pasiones). La emocionaba la idea de compartir un espacio con él por un mes y lo que ello implicaba: verlo a diario, saber cómo es uno de sus días, poder observarlo comer, caminar, beber, cebar mate, hablar con él.

Para Juan esas vacaciones eran parte de un trato con sus padres: iría con ellos, se comportaría, maduraría, dejaría de lado las borracheras que lo arrastraban hasta quedar inconsciente, de tomar pastillas, de fumar marihuana… pero a cambio de todo eso, sus padres dejarían de hostigarlo con la carrera de ingeniería y podría ser músico, finalmente.

Cuando ambas familias llegaron al chalet y estacionaron sus autos, se instalaron y aclimataron, todo fue según lo planeado: días de sol en la playa, almuerzos y cenas para seis, desayunos frutales y mates al atardecer. Cine y juegos de cartas los días grises, trasnoches de zapping y algunas caminatas por el centro de la ciudad costera.

Los “chicos” no se llevaban mal, para alivio de sus padres. Juan hizo un esfuerzo para no aburrirse al compartir tiempo con una chica que aún va al colegio. A los pocos días descubrió que no era tan malo y que si bien no tenían mucho en común, ella no era ni tonta ni caprichosa. Laura aceptaba su música y ambos se turnaban amablemente para la elección de pelis y gustos de helado.

Laura jamás hubiera osado contradecir a Juan. Habría hecho todo por complacerlo. No guardaba ni la menor esperanza de que se fije en ella, sabía que ni sus rulos ni su estatura, más bien baja, serían atractivos para él. Se contentaba con no fastidiarlo, con verlo sonreír. Y agradecía el poder estar cerca de su “Adonis” de piel dorada, cuyos rasgos al sol y su pelo echado hacia atrás se parecían tanto a los de James Dean en “Giant”. Un semidiós griego, que a la luz de la luna se tornaba algo lánguido, con un aire dulce y desamparado, a lo Jeff Buckley. Era, simplemente, un clon de James Franco a los ojos de Laura.

Un sábado, los mayores decidieron salir a “reventar la noche” –sus hijos sentían vergüenza ajena al escucharlos expresarse así- pero no dijeron nada. Ambos se fueron a dormir temprano, agotados luego de una tarde de varios rounds contra el mar.

Laura se despertó a las siete de la mañana siguiente, cuando un rayo de sol que se filtró por la persiana se ubicó persistentemente en su nariz. Tomó un baño teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido, no quería ser causa de nada que pudiera molestar a Juan. Reprimió las ganas de cantar bajo la ducha pero, a cambio, se deleitó recordando la tarde anterior, a Juan bañado por las olas, corriendo, nadando, riendo, haciéndole bromas. Una vez seca y peinada, se puso su bata y se dirigió a su habitación a vestirse. Siempre con cuidado, sin hacer ruido, cerró la puerta tras de sí. Al volverse encontró a Juan recostado en su cama. La sorpresa la dejó muda y petrificada contra la puerta.

Él sonrió, mirándola.

Ella se aflojó, atinó a sonreír e intentó una broma, pero no supo qué decir.

Él rió como si hubiera escuchado una ocurrencia brillante, se levantó y fue hacia ella, que no hacía más que mirarlo, embelesada.

Juan levantó a Laura en sus brazos y la depositó sobre la cama. Luego, se sentó a su lado y se sacó la remera en un solo movimiento. Ella ahogó un gritito entre sus manos.

Él la miró fijo, pero sin rudeza. Tomó sus manos y las alejó de su boca. Con suavidad, desató el nudo de la bata y, muy despacio, corrió la tela hasta dejar al descubierto el cuerpo desnudo y tembloroso de “Laurita”.

Ella no puso objeciones, se quedó quieta y silenciosa mirándolo, extasiada.

Él acarició sus brazos, sus piernas, su cintura, besó sus pechos, su ombligo. Pasó sus manos por los hombros, las caderas, los pechos otra vez. Ella ahogó otro gemido cuando sintió la lengua de su ídolo rozándole el clítoris.

Luego del orgasmo (Laura no pudo ahogar ese grito), Juan se levantó lentamente, agarró su remera y se alejó dejando a la chica alterada, vulnerable y confundida. Mientras bajaba la escalera le dijo: – Vestite tranquila, yo mientras preparo el desayuno.

Cuando los padres de ambos regresaron, pasadas las ocho, los chicos estaban en la cocina, con sendas tazas de té y tostadas con mermelada, mirando videos en VH1, riéndose del look de Billy Idol.

Las madres besaron a sus hijos mientras preguntaban si habían dormido bien. Los padres apenas atinaron a decir “hola” y sonreír antes de subir a desplomarse en sus camas.

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Sin categoría

Papá

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Hoy sería el cumpleaños de mi papá.

Un día cualquiera, hace un par de años, vi en tumblr una foto que no era nuestra, pero que me recordaba a nosotros. Podríamos reconocernos en esas personas como éramos años atrás. Él sonreía a cámara sentado en una bicicleta, su hija, indiferente, pequeña y abrigada, estaba ubicada en la sillita de paseo. Apenas ver esa foto me recordó a mi infancia, a todas las veces que papá me llevó en bici al colegio, lo divertido que era para mí, su risa, sus bromas, su presencia. Y lamenté no tener una foto así con él, pero me prometí contar algún día nuestra historia.

Nunca creí que él no estaría para leerla. Lo terrible de la ausencia es que es todo el tiempo. Ahí, la ausencia. Extraño a papá cada vez que tomo un mate, cada vez que me pierdo o no sé como ir a algún lugar. Lo extraño cuando tengo una duda ortográfica, cuando alguien habla de autos, cuando tomo un mate, como una pizza o un pan, cuando abrazo a Dalila o veo los ojos llorosos de mamá. Cuando veo o escucho una criolla.

Podés imaginarte aquello que sería lo peor que podría pasarte en la vida, pero te lo imaginas por un rato. Cuando te pasa, te pasa todo el tiempo, ahí, la ausencia, doliendo.

Cada pequeño logro es agridulce y cada alegría está manchada. La dicha pura es atributo de la infancia, luego la vida te va apagando. Siempre me va a faltar papá, no importa cuanto tiempo pase, no importa que tan grandioso sea lo que yo llegue a hacer, ya no puedo compartirlo con él. No está ahí para verlo, no está para abrazarme cuando estoy, como ahora, en el barro.

Tengo millones de cosas para contar sobre mi maravilloso papi, mi amado papá, pero ahora todas duelen.

Papá era guitarrista, toda pieza de guitarra clásica o flamenca me suena a él. El preludio Nª1 de Villalobos es de todas mi favorita. La escuché cada vez de sus dedos o de sus discos. La elijo para hablar de él hoy.

Te extraño, papá.

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Música

Roberto

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El efecto prolongado que show de The Cure tuvo en mí me decidió a escuchar todos sus discos a fondo, cronológicamente, en un ejercicio de reconocimiento y análisis de cada uno de los sonidos, de las etapas del universo Cure. Escuché también colaboraciones, otras bandas relacionadas, lados b, shows en vivo de otras épocas con otras formaciones de la banda.

 

En el cumplimiento de mi plan, le llegó el turno a Kiss Me Kiss Me Kiss Me. Pasó entero una vez y, más allá de los temas que todos conocemos desde siempre (desde la infancia en mi caso), me llamó la atención una línea de bajo en particular. Puse de nuevo esa canción, listo, era mi nueva favorita. Quise escuchara otra vez, ahora prestándole atención a la letra, un poco. No me di cuenta de entrada, y menos por el título, pero cuando llegamos a eso de que “Three of them were dressed in rags/And thinner than air/And all six eyes stared fixedly on you”… ¡Baudelaire! No puede ser… seguí escuchando: “Until you Spoke and showed me understanding is a dream/I hate these people staring/Make them go away from here”.

 

“Los ojos de los pobres”, mi Baudelaire favorito hecho canción. Recordé el curso sobre Modernidad y Posmodernidad donde lo leímos, la lectura política del poema en prosa. Acá destacaba lo otro “And this is why I hate you/And how I understand/That no one ever knows or loves another”. Un movimiento posmoderno de apropiación, cita, intertexto. Un poema bohemio hecho canción pop, escondido en un disco doble, sin jactancias intelectuales, puesto casi al pasar.

 

Esa tarde fui tan feliz que escribí esto en mi cabeza, aunque el día para bajarlo a un texto concreto fuera hoy. How Beautiful You Are me había devuelto a ese yo que arrancó una carrera eterna para transformarse en lo que soy.

 

Feliz cumpleaños Roberto, y gracias.

 

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Ficción, Música

Mate con DM

Algo así mi sueño, con todas sus incoherencias y arbitrariedades, caprichos de mi inconciente.

dm

Estábamos de viaje, no era un micro ni un avión, tal vez el interior de un barco o tren. Hay mucha gente, sentada o de pie, charlando.

Me siento en algo muy parecido a un sillón sin respaldar y saco de mi mochila termo, mate, bombilla y yerba. A mi lado, Martin Gore me mira expectante. Los mates van pasando de mano en mano hasta que se lava. Entonces, me dirijo a Martin:

–          Do you need something?

Él, con esa sonrisa maravillosa que posee en mis sueños y en vigilia, mira traspasando mi pregunta a un joven Alan Wilder que contesta:

–          “Morfi

Mientras lo dice, acerca su mano a su boca, con todos los dedos juntos, las puntas de estos apuntando a sus labios, y un movimiento de ir y venir desde la muñeca, nuestro típico y lunfardo gesto de “mangiare”.

Me levanto y voy a mi cocina, rearmo el mate, salgo. Tomo mi mochila para buscar algo de comida.

Aparezco en una mesa junto a dos compañeros de trabajo, uno de ellos de la vida real, el otro inventado por mi mente para la ocasión.

Preparo en un plato lo que encuentro: arrocitas sabor queso, algunas galletitas rellenas tipo melba y un par de rodajas de budín hecho por mi madre.

Mis amigos empiezan a comer, yo les advierto sin mucha pasión:

–          Chicos, aflojen que esto se lo tengo que llevar a los Depeche (léase en español, con la “e” final).

Vuelvo al encuentro de Martin, que ya no está con el joven Wilder sino con un actual Dave Gahan. Les digo:

–          This is what I found, not too much indeed. Some cheese-flavoured cookies, some sweet cookies and this was made by my mom, señalo el budín.

La cara de decepción de Martin es notable, pero toma una rodaja de budín y la prueba. Con un gesto de conformidad, le pasa el resto de su rodaja a Gahan:

–          Dave, you need to try this.

Veo a Gahan sentado en el piso, usando la silla como respaldar, toma el trozo de budín y lo come. Le gusta, lo sé porque abre los ojos, levanta las cejas y mueve su cabeza arriba y abajo, gesticulando un “si”.

Vuelvo a cebar mate, esta vez para ellos dos: Martin me dedica otra sonrisa mientras lo recibe.

Miaaaaaaaaaaaaaaaau! – Tiziano me despierta exigiendo su desayuno.

Advertencia: si usted le da play al video a continuación, la melodía del teclado podría perseguirlo por el resto de sus días.
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Ficción, Música

Enfrentar a la vida con música (como siempre lo hicimos)

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Este es un nuevo intento desesperado

por hacerte llegar mi amor

uno más entre todos los que hice.
 
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Extraño tu imagen

cada día te saludaba

ya no quiero pasar por esa esquina.
 
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Todos mis sueños te pertenecen
los gratos y los que me perturban
Siempre despierto con tu nombre en mis labios.

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Música

Frida (Life tends to come and go)

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Luego de pensarlo mucho y decidir que comprar un siamés por el hecho de tener un gato de raza no era una opción, salimos en busca de un gatito para adoptar. Dimos con Mara, una señora que había rescatado a un gatito de la basura pero no podía quedárselo.

El veterinario nos dijo que era gata, tenía un mes, pulgas y parásitos. Fue a casa dentro de una bolsa de papel, durante el trayecto se quedó dormida sentadita, apoyando la cabecita en una de las paredes de la bolsa, por primera vez en mis manos, mi primera mascota.

Como aún no tenía dientes, tomaba una mamadera que le preparábamos con una mezcla de leche, crema, huevo y balanceado triturado. Mientras se calentaba, la entreteníamos y solía quedarse dormida, de tan bebé que era. Hasta que estaba lista su comida y se atragantaba bebiendo con un sonidito que jamás volvió a hacer de grande.

Teníamos una lista de posibles nombres, pero cuando ella llegó a casa ninguno le sentaba. Papá dijo: “tiene cara de Frida” y fue perfecto.

Frida, Fridi, Fruda, Fifi, Fifí, Fridita. Gata, gorda, loca, preciosa… ella respondía a cualquiera de estos vocablos. Sabía muy bien cuando se hablaba de ella, cuando hacía algo mal y se escondía o cuando había una posible “cosa rica” esperándola: no podíamos abrir una lata de arvejas sin que pensara que era para ella y nos siguiera maullando. El ruido a papel podía significar algo rico que le pudiéramos convidar o una pelota para jugar, ella siempre estaba atenta.

Nunca más una cucaracha sobrevivió más de unos minutos si osaba entrar en casa, desde que nuestra celosa guardiana creció lo suficiente como para cazarlas sin piedad. Las polillas mariposa no corrían mejor suerte, llegué a encontrarme algunas en mi cama, a modo de regalitos.

Cuando tenía alrededor de cinco meses tuvimos un accidente, la pisé y terminó en la veterinaria de urgencia. No fue más que un susto, pero jamás hasta entonces había sentido tanta culpa y tanta responsabilidad por un ser viviente. Esa noche me cambió, aún no sé que hubiera sido de mí salud mental si las cosas hubieran sido diferentes. Casi igual culpa sentí cuando la castramos y la vi indefensa por la anestesia. Un día cayó desde mi ventana por perseguir a una paloma, otro susto, apenas una patita fisurada que ni le vendamos (no se hubiera dejado).

Antes de que pudiéramos enrejar el balcón, me despertaba cada vez que se ella se subía a la baranda. No importa que tan dormida estuviera, el sonido de sus garritas en el metal me volvían a la vigilia de un salto. “Fridita, vení Fridi, bajate de ahí, vení por favor…” entonces ella bajaba y yo la perseguía haciendo ruido con un diario, tratando de disuadirla que volviera a intentarlo.

Un día quise ponerle un suetercito, casi se arranca la cabeza. No podíamos ponerle ni un collar, ni darle una pastilla y teníamos batallas memorables cada vez que había que salir de casa a la veterinaria. Vivíamos arañados, sobre todo yo. Jamás fue rencorosa o vengativa y siempre respondía a nuestros llamados. Le tenía miedo a mamá cuando la veía realmente enojada. Era muy divertido verla escondida con la cola baja esperado que todo se calme.

Tenía la boquita rosa, al igual que tres de sus almohaditas, y unos pelitos blancos en la nariz que a simple vista parecían un manchita de leche. Casi nunca maullaba, sólo cuando quería algo. Hacía, en cambio, muchos otros sonidos: el ronroneo, el gruñido gutural de enojo, el “rrrr” de alerta, un sonido agudo abriendo y cerrando rápidamente la boca cuando veía a las palomas.

Siempre fue juguetona, no sólo de chiquita, las pelotas, los reflejos hechos con un espejo, las cintas y las botellas vacías le generaban pasión. A veces jugábamos juntas, ella me corría y me manoteaba los pies. Luego me esperaba en esa posición graciosa que hacen los gatos, de costado con las patitas juntas y estiradas, la cola y las orejitas en alto.

Ella era mi alter ego, la primera foto que usé en cada red social, en cada nuevo celular o fondo de pantalla, a ella refieren mis contraseñas. A veces mis padres decían “Gigí” para llamarla a ella o “Fifí” para llamarme a mí, a veces se les escapaba un “hija”. Le dediqué muchas cosas, entre ellas, un cuento.

Una mañana desperté con ella en mi pecho, se incorporó, se acercó a mi cara y dijo “vos vas y venís”, luego bajó de la cama y yo desperté, esta vez al mundo real. Ella me miraba desde la alfombra, esperando a que me levante. Desde entonces, esa frase me persigue, tanto, que hasta Morrissey la dijo la primera vez que lo vi.

Cuando Frida cumplió 12 años me puse a pensar. Ella era tan fuerte que seguramente viviría bastante, pero iba a empezar a ponerse viejita, ya no jugaba como antes, tal vez empezara a perder algún dientito o a dormir aún más… pero el cáncer la mató apenas cumplidos los 13. Jamás imaginé que el final sería tan rápido, tan cruel.

Ahora me siento desamparada, porque ella estaba conmigo siempre. Todo, excepto mi familia, cambió desde que la llevamos a casa hasta hoy. Otello llegó y nos dejó, Tiziano aún es nuestro bebé. Pero desde mis 17 a mis 30 años, casi nada más está en pie. Ella estuvo en todas mis crisis, con su presencia mágica. Ella me veía llorar, permanecía a mi lado en la cama o se acercaba con su ruidito gutural hasta mi cara, como preguntando qué me pasaba. Ella aún estaba ahí cuando empecé a llorarla, conciente de su enfermedad y del poco tiempo que nos quedaba juntas.

Ahora lloro otra vez, pero sin poder consolarme en sus ojos verdes o frotando esa panza hermosa, o hablándole, porque ella siempre escuchaba. Desde bebé que le hablamos mucho, solía seguir a mamá de un lado a otro a lo largo del día. Sólo en los últimos tiempos se volvió más dócil, pero su compañía era permanente. Era una fiera amable, a la que le gustaba estar acompañada en su independencia y que me toleraba un poco más a mí porque sabía que nos pertenecíamos.

No sé como despedirla, como adaptarme a su ausencia, como lidiar con el dolor de despertarme y no verla, salir de casa y que no me despida en la puerta, llegar y que no esté para saludarla. Quisiera romper todo y empezar de nuevo, quisiera quedarme en la cama indefinidamente, con todo apagado y los sentidos desconectados. El mundo real no lo permite, entonces trato de seguir a la vida implacable que no se detiene.

Mick Karn le dedicó un capítulo de su autobiografía a su gatita. Kashmir Karn vivió 18 años junto a su dueño y su historia me hizo ver lo duro de los días por venir, con Frida en decadencia. Tomo el tema de Kashmir para homenajear a mi Frida, para velarla con música y tratar de darle sentido al dolor, algo que hacemos los humanos.

Frida

01/03/2000-14/05/2013

Riquiescat In Pace

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