Ficción, Música

Voyeur

Espío. Cada vez que puedo, que nadie me ve, me oculto en la oscuridad de la callecita cortada por la cual nadie pasa de noche. Durante el día, el sol y la casa que ocupa media manzana son el gran atractivo de este rincón de la ciudad. Ahora, de noche, el gran atractivo para mi es la ventana de esa casa, por la cual espío. Las ventanas siempre están cubiertas por cortinas finas, translúcidas, imperfectas en su propósito de cubrir del todo el interior y sus secretos.

La noche, la desidia –del propietario por no poner una luz en la entrada y de la municipalidad por haber olvidado el pasaje en sus planes de alumbrado público- son mis aliadas en mi divertimento clandestino. Mi psiquiatra diagnosticó “voyeurismo” y me recetó pastillas. Yo, en lugar de tomarlas, vengo a espiar: esta es mi droga.

Todo el encanto de este juego está en observar el ritual nocturno que acontece en la habitación, entre sombras y la luz tenue del velador, frente a la cama alta, grande, cómoda y deseable; cuando aparece su figura. Entonces, mi deleite comienza: veo cómo desata el nudo del lazo en su cintura. Se pone de espaldas. El gato sube a la cama comprendiendo la proximidad de la quietud de dormir. La bata rueda por los hombros, se detiene en sus codos mientras un dedo apaga el televisor. Surgen más sombras que junto al pelo oscuro me impiden ver su rostro. Pero la silueta de su frente, su nariz y sus labios proyectados en la pared, animan en mi mente la idea de su belleza. Una vez más se da vuelta, pero la cortina, movida por una brisa inoportuna, me esconde su pecho. Veo, en cambio, su mano recorriendo el lomo del gato que entorna los ojos. Supongo que ronronea y lo envidio. Él duerme todas las noches en esa cama deseada, ignorando la hermosura de su ocupante.

De espaldas otra vez, la bata cae sobre los pies de la cama, al lado del felino que ya duerme. El cuerpo desnudo, indefenso ante mi mirada: hombros, nuca, espalda, muslos, brazos y piel desparecen bajo las sábanas y, en seguida, la luz se apaga.

Me quedo un rato más, totalmente a oscuras. Imagino los sueños de mi objeto de deseo, mientras me desvelo fantaseando con todas las partes de su fisionomía que no he visto esta vez. Cuerpo expuesto a la vida pública, a los flashes, las luces, escenarios, paparazzi, cámaras de TV, críticos y fans. Pero sólo yo veo sus malos sueños. Soy el único ser que vio lo que sus fotos más realistas esconden.

Mientras me alejo despacio, escucho provenir de alguna ventana vecina una melodía tocada en copas de vino, sobre una base rítmica de batería y bajo, que con la guitarra distorsionada, gira en una procesión de acordes.

Comienza a nevar justo en el momento en el que llego a casa, ahora sólo apetezco una taza de té y mi libreta. Llevo un registro de mis visitas furtivas al pasaje escondido: van veinte años, siete meses y veintisiete noches con la de hoy.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=ILN6LVN1l4E]

Nota: Este es un relato inspirado en la canción que lo acompaña, algo a medio camino entre este blog y el nuevo. Y vuelve a ser Smithiano este espacio porque hoy es su día.

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