Ficción, Relato en serie

Sweet Sixteen

BillyIdol

Sus familias se hicieron amigas desde antes que ellos nacieran, a todos les resultó natural que decidieran compartir gastos para pasar enero en la costa. Alquilaron un chalet donde entraban cómodamente Laura con sus padres y Juan, con los suyos.

Los chicos se conocían de toda la vida, pero no se podría decir que crecieron juntos, ni siquiera que alguna vez habían hecho algo en común, la diferencia de edad lo había impedido. Así que esas vacaciones serían la primera oportunidad que tendrían de compartir tiempo juntos, conocerse de verdad.

Laura tenía 16 años recién cumplidos, Juan tenía 22. Para ella, el hijo de sus “tíos” era un Adonis (así lo llamaba ella en su diario íntimo, plagado de referencias a la mitología griega, una de sus grandes pasiones). La emocionaba la idea de compartir un espacio con él por un mes y lo que ello implicaba: verlo a diario, saber cómo es uno de sus días, poder observarlo comer, caminar, beber, cebar mate, hablar con él.

Para Juan esas vacaciones eran parte de un trato con sus padres: iría con ellos, se comportaría, maduraría, dejaría de lado las borracheras que lo arrastraban hasta quedar inconsciente, de tomar pastillas, de fumar marihuana… pero a cambio de todo eso, sus padres dejarían de hostigarlo con la carrera de ingeniería y podría ser músico, finalmente.

Cuando ambas familias llegaron al chalet y estacionaron sus autos, se instalaron y aclimataron, todo fue según lo planeado: días de sol en la playa, almuerzos y cenas para seis, desayunos frutales y mates al atardecer. Cine y juegos de cartas los días grises, trasnoches de zapping y algunas caminatas por el centro de la ciudad costera.

Los “chicos” no se llevaban mal, para alivio de sus padres. Juan hizo un esfuerzo para no aburrirse al compartir tiempo con una chica que aún va al colegio. A los pocos días descubrió que no era tan malo y que si bien no tenían mucho en común, ella no era ni tonta ni caprichosa. Laura aceptaba su música y ambos se turnaban amablemente para la elección de pelis y gustos de helado.

Laura jamás hubiera osado contradecir a Juan. Habría hecho todo por complacerlo. No guardaba ni la menor esperanza de que se fije en ella, sabía que ni sus rulos ni su estatura, más bien baja, serían atractivos para él. Se contentaba con no fastidiarlo, con verlo sonreír. Y agradecía el poder estar cerca de su “Adonis” de piel dorada, cuyos rasgos al sol y su pelo echado hacia atrás se parecían tanto a los de James Dean en “Giant”. Un semidiós griego, que a la luz de la luna se tornaba algo lánguido, con un aire dulce y desamparado, a lo Jeff Buckley. Era, simplemente, un clon de James Franco a los ojos de Laura.

Un sábado, los mayores decidieron salir a “reventar la noche” –sus hijos sentían vergüenza ajena al escucharlos expresarse así- pero no dijeron nada. Ambos se fueron a dormir temprano, agotados luego de una tarde de varios rounds contra el mar.

Laura se despertó a las siete de la mañana siguiente, cuando un rayo de sol que se filtró por la persiana se ubicó persistentemente en su nariz. Tomó un baño teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido, no quería ser causa de nada que pudiera molestar a Juan. Reprimió las ganas de cantar bajo la ducha pero, a cambio, se deleitó recordando la tarde anterior, a Juan bañado por las olas, corriendo, nadando, riendo, haciéndole bromas. Una vez seca y peinada, se puso su bata y se dirigió a su habitación a vestirse. Siempre con cuidado, sin hacer ruido, cerró la puerta tras de sí. Al volverse encontró a Juan recostado en su cama. La sorpresa la dejó muda y petrificada contra la puerta.

Él sonrió, mirándola.

Ella se aflojó, atinó a sonreír e intentó una broma, pero no supo qué decir.

Él rió como si hubiera escuchado una ocurrencia brillante, se levantó y fue hacia ella, que no hacía más que mirarlo, embelesada.

Juan levantó a Laura en sus brazos y la depositó sobre la cama. Luego, se sentó a su lado y se sacó la remera en un solo movimiento. Ella ahogó un gritito entre sus manos.

Él la miró fijo, pero sin rudeza. Tomó sus manos y las alejó de su boca. Con suavidad, desató el nudo de la bata y, muy despacio, corrió la tela hasta dejar al descubierto el cuerpo desnudo y tembloroso de “Laurita”.

Ella no puso objeciones, se quedó quieta y silenciosa mirándolo, extasiada.

Él acarició sus brazos, sus piernas, su cintura, besó sus pechos, su ombligo. Pasó sus manos por los hombros, las caderas, los pechos otra vez. Ella ahogó otro gemido cuando sintió la lengua de su ídolo rozándole el clítoris.

Luego del orgasmo (Laura no pudo ahogar ese grito), Juan se levantó lentamente, agarró su remera y se alejó dejando a la chica alterada, vulnerable y confundida. Mientras bajaba la escalera le dijo: – Vestite tranquila, yo mientras preparo el desayuno.

Cuando los padres de ambos regresaron, pasadas las ocho, los chicos estaban en la cocina, con sendas tazas de té y tostadas con mermelada, mirando videos en VH1, riéndose del look de Billy Idol.

Las madres besaron a sus hijos mientras preguntaban si habían dormido bien. Los padres apenas atinaron a decir “hola” y sonreír antes de subir a desplomarse en sus camas.

Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s