Ficción, Música

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Eramos tres amigas pre-adolescentes cuyos veranos transcurrían en el calor de la ciudad. Nos conocíamos desde que teníamos ocho años, crecimos juntas. Ahora dábamos nuestros primeros pasos en “salir solas”. Ro y yo nos encontrábamos para tomar juntas el subte en José Hernández, cerca de su casa. La rutina indicaba bajar en Bulnes, subir la escalera que conecta directo con el Alto Palermo, cruzarlo hasta la otra puerta y esperar allí a Na. Luego, las tres caminaríamos por los tres pisos del shopping, nos sentaríamos en los bancos a charlar y descansar, seguiríamos paseando y, para terminar, juntaríamos las monedas para una bocha de helado o una tableta de menta. El encuentro terminaba al atardecer, cada una desandaba su camino de vuelta a casa antes de la hora de cenar.

En esa ocasión, yo había conseguido algunas notas de los hermanos Hanson para las chicas. Ellas los amaban, yo no. Así que podía regalarles las páginas a color con sus fotos y disfrutar de su alegría. A su vez, ellas me acompañarían al Musimundo del entrepiso a mirar discos durante un buen rato. Eran tiempos de esperar que la radio pase tu canción favorita o ir a la disquería y darle un par de vueltas en los reproductores de CD disponibles para promocionar los últimos lanzamientos.

Fue en ese local que descubrimos la que pronto se convirtió en una parada obligada en nuestro paseo. En la parte de equipos estaban también las computadoras. Una PC que nunca podríamos costear mostraba el video de Crazy de Aerosmith en loop. Nosotras nos acercábamos a verlo completo deseando secretamente ser esas chicas, al menos por un rato. Ese día algo nos interrumpió. El vendedor encargado rompió el encanto del momento maniobrando la perilla del volumen mientras nos echaba con un afán que nos dejó estupefactas. Antes que pudiéramos reaccionar, otro empleado se acercó amable, nos sonrió y le dijo a su compañero – “Dejalas a las chicas…” mientras volvía subir el volumen. La voz de Steven Tyler volvió a sonar y el primer vendedor nos entregó un folleto de la compu, “ya que estábamos tan interesadas”.

¿Nosotras? Apenas atinamos a mirar el piso, sin entender del todo ese mundo que nos rodeaba. Sonreímos, nos ruborizamos y abandonamos el lugar. Aunque sí, como Alicia Silverstone y Liv Tyler, nos fuimos para no volver.

 

 

 

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